El sincretismo del amor – Capítulo I – Del amor

¿Qué es el amor? Es una dura cuestión que en un momento de descubrimiento se genera. Manifestando el atrevimiento para tan difícil pregunta, digamos, universal, y mostrándome vulnerable junto a mi idiosincrasia, comenzaremos con que el amor, definido en una palabra es, en sí, una conexión. ¿Y qué es amar? Amar, como verbo transitivo, es la presencia de amor de un sujeto hacia a un objeto. Esto equivale a una acción, empero abstracta, puesto que cada sujeto puede demostrar de modo distinto su manera de amar. Aun así, se puede decir que es un proceso en el cual un sujeto se hace de un querer a voluntad, por elección, para estar en constante unión con un objeto, ya sea algo o alguien, previamente elegido y esto siempre en búsqueda de la durabilidad del enlace llevando a cabo una innovación de acciones para que esto suceda. Sin embargo, en ocasiones uno ama no a quien quiere sino a quien puede o a quien se presenta, pero, ¿son estos acontecimientos realmente portadores del amor? En el banquete de Platón, los personajes mientras beben en una celebración acuerdan cada uno dar un discurso en manera de alabanza al amor, dotando a este de virtudes, de lo bueno, de lo bello, de lo estético y de lo divino: conceptualizándolo de diversas maneras. De entre los distintos discursos resalta el de Sócrates, quien habla de un encuentro muy provechoso con una partera que desprovee al amor de las virtudes:

Sócrates: —Pero, en fin, Diotima dime qué es.
Diotima: —Es, como dije antes, una cosa intermedia entre lo mortal y lo inmortal.
Sócrates: —¿Pero qué es por último?
Diotima: —Un gran demonio, Sócrates; porque todo demonio ocupa un lugar intermedio entre los dioses y los hombres.

Diálogos de Platón. El banquete.

Dicho demonio (del griego δαίμων) lejos de ser catalogado como un ente puramente maligno, como lo entendía el cristianismo y como se ha hecho referencia desde hace algunos años, es visto por los griegos como un mensajero o comunicador entre dos puntos: lo mortal y lo divino. Tomando el concepto platónico, el protocolo puede ser visto de la siguiente manera: un sujeto mortal al ser poseído por el amor, comienza a desprenderse de su voluntad. Éste se conecta con lo divino (se siente enamorado) y en él nace el deseo de expresar su amor a aquello que lo induce, transfiriendo así al daemon, liberándose del mismo como consecuencia pues es el portador del mensaje. El proceso puede iniciar de nuevo si el daemon realiza una posesión en el receptor de la muestra amorosa.

El amor existe como una interacción entre un sujeto, el cual activamente es nombrado como amante, en griego erastés (ἐραστής), y un objeto el cual recibe el nombre de amado, reconocido como erómenos (ἐρώμενος), el cual podría ser un sujeto en forma pasiva o un objeto como tal. Ante esto, quisiera aclarar que con lo mencionado no se intenta representar a un sujeto amado con una concepción de cosificación u objetivación en el cual, por lo general, son utilizados sólo como objetos sexuales, sino que, reiterando, el sujeto siendo amado, adopta una posición pasiva la cual impide la intersubjetividad con el amante hasta el momento en que el mismo invierte los roles amando al sujeto que le ama, el cual pasa a ser amado. Entonces, tenemos que para que el amor suceda entre ambas partes debe instaurarse una conexión con éxito y, sin duda, mantenerse estable pues este tipo de enlace está proyectado a perdurar debido a que todo amor busca permanecer mientras ambos, el amante y el amado, continúen existiendo. Pero, ¿cómo se puede verificar el hecho de que un amor siga por el camino de la inmortalidad?

Continuará…

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