El sincretismo del amor – Capítulo I – Del amar a los objetos

Sujeto que ama a un objeto inanimado

Cuando yo me convierto en el amante de algo, de un objeto existente físico pero inanimado, este, sin duda se ve convertido en el amado, y a pesar de que sea imposible un intercambio de papeles donde yo pueda convertirme en el amado y dicho objeto inanimado en amante, puesto que el amante siempre será un ser animado con cierto grado de consciencia o racionalidad, algo que un objeto inanimado no posee, se estaría afirmando una conexión con ese algo, una unión en la dimensión del «yo-ello», pero tan sólo una unión física, constituida por la interacción de mi corporeidad con la del objeto, el cual no podría oponerse a falta de voluntad y vivacidad, y una unión metafísica en la cual habría interacción energética yendo, en este caso, de mi ser como sujeto activo al objeto pasivo. Por lo que, siempre y cuando pueda establecer una conexión sensorial con dicho objeto, el amor hacia el mismo será un hecho estable a pesar de ser vacío, en cierta manera, por la falta de interacción pues esta es de sólo una vía: física – corporal.

Curiosamente, al amar objetos inanimados y darles de nuestra energía, la misma, se ve depositada en ellos, dando a lugar a objetos existentes que expanden, de cierta manera, nuestra energía pues permite que vaya más allá de nuestro cuerpo. Un ejemplo serían los ya conocidos amuletos o talismanes.

En su modo de durabilidad, un amor con un objeto existente inanimado puede ser mantenido si, y tan sólo si, el amante tiene un apego por lo físico o lo material. Sin este tipo de apego por parte del sujeto, el amor por lo plenamente material está imposibilitado o condenado a lo que denominaremos fracaso amoroso.

Por nombrar algún ejemplo, tenemos a los coleccionistas o acumuladores, quienes aman guardar ciertos objetos como símbolo de sucesos o etapas en sus vidas, conservándolos en lugares seguros donde, saben bien, podrán encontrarlos. Sin duda existe un apego por lo material en dichas personas lo cual hace posible esa durabilidad en el amor entre el sujeto y el objeto.

Cuando se da este <<yo>>, este <<yo>> del <<yo-ello>>, ese <<yo>> es casi como una cosa. No es consciencia; es como estar dormido, roncando a pierna suelta. Tu consciencia no está ahí. Eres como las cosas, una cosa más entre las cosas: una parte de tu casa, de tus muebles, de tu dinero. 1

Sujeto que ama a un objeto animado bien sea racional o no

Al amar a un objeto existente físico animado, a diferencia que con el objeto inanimado se establece una conexión de tan sólo una vía, en este caso, se establece una conexión de dos o tres vías, por las cuales se transfiere y se reciben los mensajes, ya sean, de forma corporal, intelectual o espiritual. Y esto porque un ser animado, debe contener dentro de sí energía para poder existir, siendo esta energía el espíritu de cada objeto animado. De esta manera, encontrándose siempre una conexión física y una espiritual como punto de partida en la interacción entre el amante y el amado, se logra un modo de durabilidad a través del amor recíproco. El cual variaría siendo entre los seres sin un grado de consciencia igual o superior al del amado, un amor de dos vías: física y espiritual, y en su contraposición dando un amor de tres vías que ronda en la dimensión del «yo-tú», a los seres con un grado de consciencia similar o mayor: física, espiritual e intelectual.

Si al amar un objeto inanimado se crea una conexión que ronda en la dimensión del «yo-ello» y al amar un objeto animado racional se crea una que en la dimensión del «yo-tú», por ser de consciencia similar o superior, permitiendo con eso cercanía e intimidad. ¿Cómo podríamos definir la dimensión de la unión con plantas y animales? No son objetos inanimados, entonces no es conciso decir «yo-ello» pero tampoco llegan al grado de proximidad del «yo-tú». ¿Será que, debido a ese límite marcado, ronda por su lejanía y pasividad intelectual en la dimensión del «yo-él»? Quedémonos con esa propuesta para futuras referencias dándole un valor neutro, a sabiendas de la variedad de género.

Los siete tipos de amor

Realizando una sencilla iteración para identificar las distintas posibilidades de conexiones a una, dos y tres vías, nos encontramos con siete diferentes tipos de combinaciones o configuraciones: tres tipos de conexiones a una vía, tres tipos a dos vías y un tipo a tres vías, las cuales se pueden apreciar en la tabla 1.2, siendo este concepto denominado como los siete tipos de amor para alguna posible referencia.

Ya hemos considerado que el amor puede ser posibilitado ya sea por conexiones de una vía para seres inanimados, de dos vías para seres animados sin racionalidad similar a la del ser humano y de tres vías con un ser equilibrado a la constitución del amante. Pero, ¿cuál es la causa de que exista en primer lugar una conexión del tipo que fuese?  Alain Badiou, un filósofo, dramaturgo y novelista francés, menciona en su obra “Elogio del amor”, que en primera instancia para que un amor exista debe resolver lo que llama, el encuentro, un estado temporal donde se da por primera vez la interacción entre un sujeto y un objeto, pudiendo ser sujeto: “El amor inicia siempre con un encuentro. Y a este encuentro yo le doy estatuto –de alguna manera metafísico- de acontecimiento, es decir, de algo que no ingresa en la ley inmediata de las cosas.”1. Es en dicho acontecimiento donde se lleva a cabo un juicio, el cual de manera conclusiva dice al sujeto el tipo de atracción, o repulsión, encontrada con el objeto.

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