El muchacho de los anteojos

Esa mañana transcurrió, peculiarmente, tan extraña. Desperté y la luz lucía demasiado brillante, golpeando mis ojos a través del ventanal. Por alguna razón, no recordaba lo que había sucedido los días anteriores. Confundida y un poco adormilada, me recosté sobre el sillón, mientras observaba a la gente pasar. Todos caminaban con prisa, excepto un muchacho distraído que, por voltear la vista hacia mi casa, tropezó; consecuentemente, sus lentes cayeron al piso y no pude evitar reír; ya que se los volvió a colocar, fijó su mirada en mí y sentí mis mejillas sonrojarse… Su cabellera era larga y negra, sus labios rosados y su cara estaba perfectamente delineada por una alborotada barba. Después de algunos segundos, empezó a colocarse los anteojos, una y otra vez, limpiándolos en repetidas ocasiones. De pronto, se dirigió hacia mi ventana y, de un sobresalto, me incorporé y acomodé mi cabello.

—¿Qué debería hacer? —pensé.

Sobra decir que su sola presencia era intimidante para mí.

Rápida y torpemente, intenté recorrer el vidrio, aunque fue imposible. Entonces, él se acercó y, recargando sus brazos por encima del alféizar, comenzó a observar el interior del caserón. Yo estaba frente a él, primero sonriendo y después sumergida en una gran confusión.

—¡Qué extraño! Estoy seguro de haberla visto, no debe ser más que mi propio remordimiento —susurró con la voz entrecortada.

Desde el bolsillo derecho de su abrigo, se deslizaron las hojas de un periódico; “Joven muere tras haberse envenenado por desamor” se leía en el encabezado, que mostraba la fecha de una semana anterior, y ahí fue cuando recordé todo…

Una danza violenta de recuerdos emergió a mi alrededor, deslizándose dentro de mi cabeza, como si intentara mofarse de mi fatalidad. Cerré mis ojos, pero fue inevitable, pues golpeaban y penetraban cada parte de mi inerte ser. Sentí que comencé a flotar en un vórtice de terror, mientras evocaba todas mis noches en vela, llorando bajo las sábanas de algodón e implorando amargamente porque terminara mi dolor; acariciando, con las puntas de mis dedos y mi lengua, el cianuro de aquel viejo botellón.

Con gritos imperceptibles para él, le supliqué que no se fuera, que se quedara junto a mí… a pesar de recordar la causa de mi propia muerte y verlo abandonarme por segunda ocasión.