El corazón de un hombre

Días comunes, lugares simples y personas indiferentes, eso era lo que Daniel pensaba cuando miraba el pasar de las personas de camino a su trabajo. Daniel solía tener grandes sueños y siempre aspiraba a más, pero de alguna u otra manera terminó en la ciudad que una vez odió y de la que juraba salir de ahí. Odiaba el lugar donde una vez se crearon horribles recuerdos, recuerdos que le lastimaban, odiaba esa simple ciudad donde su padre le dijo que lo odiaba por amar a otro hombre, las palabras hirientes como dagas invisibles que le traspasaban el pecho, le hacían sentirse asqueroso. Y por muchos años reprimió ese amor que tenía hacía otro hombre, lo que hizo que sufriera en silencio y cada día creciera ese horrible sentimiento a la ciudad que lo vio crecer, enamorarse y fallar.

Pero ahí estaba llegando a la universidad donde daba clases, el pelinegro era un excelente nutriólogo y sus pacientes se lo recordaban cada día, por las mañanas daba clases y por las tardes atendía en un consultorio privado, no le iba mal, pero él sentía que algo le faltaba a su vida, algo en que creer, algo por el cual luchar, los comentarios y halagos que recibía por parte de las personas no llenaban ese hueco que tenía en el pecho.  

—Buenos días profesor, Caly— saludó uno de sus alumnos al entrar al salón de clases.

—Buenos días— respondió el profesor sin voltear a ver al estudiante, pues se encontraba leyendo unos documentos importantes. El profesor Daniel Caly era conocido por ser muy estricto, pero muy inteligente y sabía mucho sobre su materia, muchos alumnos le tenían respeto, otros odiaban la materia y otros disfrutaban de esas dos horas de clases, pero no por la materia o porque fuese muy interesante, sino porque el profesor era muy atractivo, pues era alto, tenía una ancha espalda, cabello negro, ojos oscuros y una voz que cautivaba a muchos.

Después de tres clases de dos horas cada una, decidió ir a la sala de maestros por un café y posteriormente irse a su cubículo a calificar unos trabajos pendientes. Estaba tan concentrado en esos ensayos que una voz lo asustó por un momento.

—Profesor— una voz varonil hizo sacar su vista del horroroso ensayo que estaba leyendo.

—Profesor Gallagher— respondió en forma de saludo.

—¿Ya estás libre para ir a comer? — preguntó el castaño de bonitos ojos verdes que se encontraba recargado en el marco de la puerta.

—Sólo dame unos minutos más, necesito terminar esto— dijo Daniel y regresó su vista al papel.

—Te esperaré aquí— dijo Stive, el profesor con el que Daniel pasaba su hora de comida. Ya era un mes en el que mantenían ese pequeño ritual, Stive siempre lo iba a buscar para comer juntos. El pelinegro admiraba a Stive, por el simple hecho de que él si podía expresar su sexualidad sin temor, sin sentir miedo o asco, en cambio, él siempre estaba temeroso y pensando en situaciones negativas y pasadas. Él deseaba ser como Stive, poder sentirse libre.  

—Ya te dije que no tienes que esperar.

—No me molesta, en cambio, me gusta mucho tu compañía.

Daniel sonrió un poco y Stive no pudo estar más perdido en esa bonita sonrisa con pequeños hoyuelos que adornaban las mejillas del pelinegro. Stive siempre había observado a Daniel, desde que entró a dar clases, le llamaba mucho la atención que el hombre siempre estuviera solo, que no hablara mucho y que siempre mantenía distancia con sus compañeros, el castaño solía escuchar muchos comentarios con respecto al pelinegro, pero a pesar de eso decidió acercarse a Daniel.

Al principio fue muy difícil, pues el hombre era de muy pocas palabras, pero a Stive le gustaba, se sentía muy bien estando al lado de Daniel. Después intentó invitarlo a comer en la escuela y luego él mismo iba por su compañero de trabajo para que ambos fuesen a comer.

Después de que el castaño observara que Daniel guardaba los trabajos en una carpeta, sonrió y ambos caminaron hacía el restaurante que se encontraba frente a la universidad.

—¿Cuándo me vas aceptar la cita? — preguntó el hombre de ojos verdes, después de haber pedido su comida.

—Ya te dije que he estado muy ocupado.

—Daniel, me has dicho eso desde hace un mes.

El profesor Caly dio un suspiro, la verdadera razón era porque tenía miedo de abrir su corazón y que lo lastimaran, además, siempre que pensaba que podía amar otra vez, el comentario de su padre se hacía presente en su mente una y otra vez, recordándole que era un hombre asqueroso.

Para él, Stive era un buen hombre, era guapo, atento, listo y muy trabajador, tal vez debía de dejar a un lado su miedo y echar a la basura esos pensamientos negativos que una vez su padre plantó en su mente, y darse la oportunidad de amar. Así que firmemente respondió al hombre frente a él:

—Está bien, este sábado.

—Perfecto, te mandaré la ubicación.

El día sábado, Stive se encontraba sentado en la barra del bar donde había invitado a Daniel, pero este no aparecía por ningún lugar, estaba seguro que había enviado bien la dirección y hasta verificó el mensaje.

Daniel había llegado puntual al lugar, pues odiaba la impuntualidad, se dio un vistazo en el espejo retrovisor y cuando estaba a punto de bajar, un pinchazo dio a su corazón, los recuerdos y las ácidas palabras de su padre se colaron en su mente, el miedo y los nervios se apoderaron de él en un instante, se quedó observando el bonito lugar que Stive le había mandado por mensaje. Un rato después llegó un mensaje del hombre que lo estaba esperado.

“Hola Daniel, ¿está todo bien?, ¿lograste dar con la dirección? Llevo aquí media hora y me preguntaba si estás bien, si nada malo te ha pasado. La ciudad ha estado un poco insegura estos días, espero estés bien, avísame si algo pasa, te esperaré un poco más, ¿sí?”

Ese simple mensaje hizo que Daniel sintiera que era importante para el castaño, que pasara lo que pasara él iba seguir siendo importante. Recordó el consejo que su madre le dio cuando todo lo veía gris, ese consejo que ahora cobraba sentido, “nunca cierres tu corazón, nunca dejes de amar, porque eso es lo único que nos mantiene vivos”.

Su corazón palpitó y se dio cuenta que Stive tenía esperanzas en él, en que iba a llegar y su seguridad le preocupaba, sólo eso bastó para que siguiera el consejo de su madre, y así, salió del vehículo.

—Hola, lamento mucho la tardanza, tuve un pequeño retraso, lo que pasa que hay un poco de tráfico— se disculpó Daniel cuando llegó hasta donde estaba el castaño. La verdad era que se había quedado en su auto por media hora pensando si debía bajar y pasar un buen rato o si era mejor irse y dejar a Stive plantado, estaba un poco temeroso de todo y tuvo una pequeña pelea interna por no poder enfrentar una pequeña cita que él mismo aceptó, donde decidió que abriría su corazón.

—No te preocupes, la verdad es que estaba un poco preocupado, pero me alegra que estés aquí— dijo el castaño con una sonrisa, la cual calmó a Daniel y le hizo sentir bien.

Ambos tomaron unos cuantos tragos y tuvieron una muy buena plática de diferentes temas. El pelinegro se olvidó por completo del miedo que tenía, de la inseguridad que se presentaba ante él cada vez que quería abrir su corazón y se percató que se sentía muy bien hablando con Stive, reía mucho y podía ser él mismo sin ocultar nada.

Las siguientes citas se tornaban cada vez mejor, pues ya se encontraban en alguno de los departamentos de ellos, comían juntos todos los días y pasaban más tiempo juntos. Verse ya era una rutina que a Daniel le estaba gustando, sentía que podría confiar en alguien otra vez, sentía como si su miedo se estuviese desvaneciendo.

Y Stive estaba más que feliz, descubrió que se sentía muy cómodo hablando con Daniel, sentía como su corazón palpitaba cada vez más cuando lo veía o cuando se saludaban de lejos, no podía borrar esa tonta sonrisa que se plantaba en sus labios, así que estaba dispuesto a decirle como se sentía con respecto a ellos.

—Necesito decirte algo— dijo Stive en un tono muy serio y su verdosa mirada puesta en los ojos oscuros de Daniel. Ambos estaban en el departamento del pelinegro, pues este lo había invitado a cenar.

—Claro, dime— respondió sin apartar la mirada.

—En verdad quiero estar contigo, me gustas y te quiero. Me siento muy feliz cada que te veo, mi corazón palpita muy rápido y siempre quiero estar contigo, quiero abrazarte, besarte, protegerte y decir que todo estará bien cuando pienses que no. Me esforzaré cada día más para sostener tu corazón y no dejarlo caer— dijo Stive y tomó la mano del hombre que estaba frente a él.  —En verdad te quiero y quiero estar a tu lado

El castaño sonrió y se acercó al hombre que estaba frente a él, sin dudarlo le dio un beso, el cuál esperara que fuese bien aceptado, pero lo único que recibió fue un alejamiento por parte de Daniel. Stive vio al pelinegro y pudo distinguir miedo en su mirada y su respiración estaba un poco agitada.

—Lo siento, en serio lo siento, pero no puedo con esto— dijo Daniel viendo a los ojos de su acompañante. —No pensé que fuese a pasar esto. Necesito que te vayas de mi casa.

Stive no comprendía perfectamente el porqué de la actitud de su compañero de trabajo, hace unos días estaban bien, sentía que tenía más confianza, que podían hablar más y compartir más tiempo juntos.

—Pero…

—Sólo vete por favor.

El profesor Gallagher salió del departamento sin entender nada de lo que pasaba, pensaba que todo estaba saliendo bien, que Daniel estaba abriendo su corazón a él. No sabía cómo actuar ante él, pues era un hombre que se reservaba sus pensamientos y sentimientos, pero él pesaba que ya estaba logrando algo con Daniel, pero al parecer sólo se dejó llevar por sus sentimientos.

En cambio, Daniel, estaba sentado en su sofá pensando en lo que acababa de pasar, por un momento pensó que ya estaba listo para amar a alguien por segunda vez, pero simplemente no podía, su corazón estaba muy lastimado, no se podía aceptar tal cuál era, quería echar la culpa a su padre, lo odiaba, pues le había hecho sentir mal con él mismo.

Al principio estaba feliz de poder intentar algo, pero al parecer no podía, se sentía mal, él había visto que Stive estaba dispuesto a amarlo, pero no quería empezar con alguien sin aceptarse así mismo, no quería jalar a Stive a su abismo negro lleno de inseguridades.

La relación en el trabajo ya estaba un poco tensa, pues el pelinegro evitaba a toda costa estar cerca de Stive, pues se sentía muy mal con el mismo. A la hora de dar clases era un poco más serio de lo normal, se enfrascaba en su trabajo y se quedaba hasta tarde en la universidad calificando algunos trabajos. Trataba de mantener su mente ocupada para no pensar en toda la situación por la que estaba viviendo.

Stive no se iba a quedar sin hacer nada, pues sentía que todo había quedado en el aire y necesitaba una explicación. Así que esperó a Daniel afuera de su cubículo para poder encararlo. Minutos después vio al profesor Caly acercarse a su cubículo, cuándo lo vio simplemente no hubo una reacción, al menos no que se pudiera ver.

—¿Qué haces aquí? — preguntó Daniel sin ver a su compañero y entró a su cubículo.

—Quiero hablar de lo que pasó, no quiero que todo esto quede así.

—No hay nada de qué hablar.

El castaño observó como el pelinegro guardaba sus cosas en su maletín, pues ya estaba dispuesto a irse a casa.

—Daniel, quiero saber que te pasa, saber sobre la reacción que tuviste cuando te besé.

—Mira, yo quiero olvidar todo eso, lamento si te lastimé el corazón o tu orgullo, pero ya no quiero saber sobre eso.

—Sólo dame una razón.

Daniel estaba arto de todo, de ocultar todo lo que sentía, de mantener ese odio dentro de su corazón, que simplemente no lo dejaba avanzar.

—¡Estoy asustado! Y ya no quiero saber nada sobre lo que pasó, sobre lo que hayamos tenido o lo que sea que pasó entre nosotros, me da asco recordarlo.

Caly no se estaba dando cuenta de cuan hirientes eran las palabras que lanzaba hacía su compañero de trabajo, el hombre que le dijo que cuidaría su corazón, no podía pensar en otra cosa que no fuese él mismo y su gran dolor.

Al ver los ojos cristalizados de su compañero pudo darse cuenta que había hablado de más, así que simplemente siguió guardando sus cosas sin prestar atención al hombre que estaba en su pequeña oficina.

—Comprendo. Espero tengas una noche agradable— dijo Stive y salió del cubículo dejando a un Daniel en silencio y pensativo. Caminó hasta su propio cubículo para ir por sus cosas e irse a casa, pero su corazón dolía, dolía mucho, pues le había tomado un cariño a Daniel, lo quería más que a un simple amigo.

Él quería amarlo y transmitir sus sentimientos, pero el pelinegro era como un cofre con cinco candados, no sabía cómo llegar a su corazón, como entenderlo y hacerle saber que podía confiar en él, tal vez ganarse su confianza era algo difícil. Simplemente quería que Daniel entendiera que podía contar con él, que había alguien que lo amaba de verdad.

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Comentarios

  • Karla M 02/24/2021
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    ¡Que hermoso! Me ha transmitido muchos sentimientos… gracias por compartir algo tan bello♡ Te deseo lo mejor y que sigas creando historias maravillosas 💕

    • ¡Muchas gracias por leer y comentar! Espero te haya gustado mucho. 🙂