De la vida y la muerte

Tener consciencia de la vida, de aquella que nos rodea, de aquella localizada en nuestro cuerpo, el cual conservamos por instinto y no por voluntad…

Mantenemos nuestro cuerpo, el cual nos declara abiertamente como parte de una especie animal. El cual evoluciona mediante un proceso de herencia transmitiendo información sobre nuestra adaptación y del uso y desuso de habilidades. Sin duda alguna, reconocemos ese sistema biológico al cual pertenecemos y sin ningún inconveniente podemos interactuar en él; ya sea por nuestra autoconservación o la de alguna otra especie, pues no estamos fuera de la cadena alimenticia, la cual tiene como función principal mantener con energía al cuerpo, en otras palabras, mantenerlo con vida.

Aun así y dejando de lado la funcionalidad de nuestro instinto, vale la pena decir que podemos estar vivos sin tener consciencia de estarlo, como lo hacen la gran mayoría de las demás especies. Tener consciencia de estar vivo es diferente a tener consciencia del mundo que nos rodea, tener consciencia de uno mismo o tener consciencia de la muerte. Diríamos entonces que en esto se sitúa la diferencia del hombre con las demás especies, en reconocer que estamos vivos y que vamos a morir. Advertimos que, si no fuera por esto, podríamos subsistir instintivamente, contemplando la interacción de la naturaleza con las especies, formando parte de su ciclo.

Suponiendo que sólo tuviéramos consciencia del mundo que nos rodea, diríamos:

— ¡Ahí está el mundo! ¡Ahí está la naturaleza! ¡Ahí está el núcleo familiar al que pertenezco! ¡Ahí está la presa y la amenaza que me hacen formar parte del sistema!

Mostrando un comportamiento, quizá complejo, pero siempre siendo parte de algo más grande, enfocado en el exterior. Todo a base de intuición y habilidades heredadas en el código genético. Conviene indagar que, incluso teniendo consciencia de nosotros mismos, diríamos:

— ¡Aquí estoy yo y allá están ellos, ambos pertenecemos a un sistema ecológico!

Siguiendo con automatismo, pero esta vez agregando reacciones personales a ciertas acciones internas o externas. De esta manera se estarían creando las emociones y con ellas el modo de poder entender los sentimientos ajenos basándose en los creados a experiencia propia. Ahora, si agregáramos la consciencia de la muerte, al ver ocurrir dicho fenómeno biológico diríamos:

— ¡Ha ocurrido un fallecimiento! ¡Alguien ha cesado de vivir!

Si consideramos el hecho de una consciencia sobre lo que nos rodea, diríamos:

—¡Pero ha muerto aquella especie que reconocía! ¡Qué tristeza ver la muerte de uno de los míos! ¡Qué alegría ver la muerte de mis presas y mis amenazas!

Ahora figuremos el hecho del reconocimiento de uno mismo, diríamos:

— ¡Pero ha muerto aquella especie que reconocía! ¡El siguiente podría ser yo!

Provocando el delirio y alterando nuestro comportamiento autómata a modo de asegurar nuestra supervivencia con más astucia que la que poseen los métodos de nuestro instinto. Pero, ¿dónde se sitúa la diferencia entonces?

La diferencia está no en el reconocimiento de la muerte ajena sino en el saber de qué nuestra muerte es inminente. Se ha indicado ya que podemos reconocer la muerte ajena, pero esta no se propaga en nuestra consciencia puesto que no presenta consecuencias letales en nuestra subsistencia. En cambio, en el momento que reconocemos la muerte y a nosotros mismos, es cuando comenzamos a poseer la consciencia de la vida pues comprendemos que cesará al momento de nuestra muerte. Y sin duda alguna, es a partir de tal concientización donde se inicia una revolución de consciencia, donde nuestro instinto de supervivencia es doblegado por una dominante voluntad de vivir tras el reconocimiento de nuestra vida y nuestra muerte, lo cual nos caracteriza y nos separa de las demás especies.

Incluido en el capítulo II “Dimensiones y Consciencias” de mi próximo libro “Insignificante – pensamientos y meditaciones”.

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